27/8/08

Estación árbol


Me hubiera gustado probar la semilla del árbol amarillo que había plantado Nicolas en la mitad del salón. Aunque parecía atractivo a primera vista, tras contemplarlo por unos días pude ver que sus ramas más altas eran jugosas y de piel tersa. Ni qué decir del fruto que maduraba en su interior, cuyo néctar embriagaba todas las plantas que resguardadas de la lluvia bajo su lecho, recibían dosificaciones de agua bendecidas por su tacto de terciopelos negros.

Aunque era pequeño, me sentí intimidado con su presencia y tuve que mandar primero algunos exploradores con mensajes en sus pies y regalos de mimbre para ganar su atención: y funcionó... pasaron los días como minutos y lo que tomaría meses se redujo a unos instantes… al menos eso había pensado yo.

Sin embargo, el brillo de sus plantas bajo la perseverancia de los rayos del sol no fue más un espejismo sediento de compañía: justo lo necesario para frustrar mi posibilidad de tomar siquiera su más verde retoño.

A pesar de la indignación por lo sucedido, hoy veo todo transparente y, sin perder la curiosidad por el árbol, enfrento su ingratitud con la mía y atiendo el resto del bosque que extiende sus mejores virtudes agradecido, rozagante y hermoso para mí.

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1 comentario:

Felipao dijo...

buen poema..profundo!!.. y la foto parece una baletista!!