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7/12/08

Estación de esperanzas atribuladas

Aunque veo sus rostros me resulta imposible recordar la última vez que los vi. Siquiera la primera. No los conozco, independiente de que quieran engañarme con su sonrisa nacarada. En realidad, ahora que lo pienso, eso es lo que más odio de estas tardes de reuniones familiares en las que todos me saludan como figuras de vitral coloridas y carentes de detalle.

No puedo esperar para que la lectora de los ojos canela pase de las primeras diez páginas y me permita avanzar esta parte de la historia de una buena vez por todas. Que desasosiego ver como comienza una y otra vez y luego abandona el libro para dejarlo de nuevo en el estante o en cualquier otro lugar sin marca alguna de página, párrafo o sección. Padezco, claro, entre tanto, atrapada en un loop literario que sucede a su complacencia, sin saber si seré capaz de recordar o identificar a las criaturas de barro que desfilan ante mis ojos.

Ella, por supuesto, también sabe que ha leído las diez páginas tantas veces como noches lleva en este lugar, pero, al igual que yo, es incapaz de recordar a los personajes que dibuja su imaginación en el camino de las letras y comienza de nuevo con la esperanza de re-conocerlos, de poder conversar con ellos y refrescar su memoria.

Por mi parte, quisiera tumbar la vela del cumpleaños, desatar el fuego y purificar la escena; dejar de vivir el incendio en mi memoria y hacerlo realidad literaria. No obstante –de ahí que sepa que soy un simple argumento– estoy atrapada en el libreto, en la misma escenita de muebles caoba saturados de globos satinados y papel de color.

Me queda la esperanza perpetua, infinita y certera de no ser la única maniatada por la repetición que trae el olvido, lo que me deja pensar que tampoco soy la única al borde de encender las llamas y desatar el infierno que padecemos entre las líneas de la algarabía ajena.

Feliz cumpleaños criatura, feliz cumpleaños a ti mientras a mí me llega la hora de nacer.


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27/8/08

Estación árbol


Me hubiera gustado probar la semilla del árbol amarillo que había plantado Nicolas en la mitad del salón. Aunque parecía atractivo a primera vista, tras contemplarlo por unos días pude ver que sus ramas más altas eran jugosas y de piel tersa. Ni qué decir del fruto que maduraba en su interior, cuyo néctar embriagaba todas las plantas que resguardadas de la lluvia bajo su lecho, recibían dosificaciones de agua bendecidas por su tacto de terciopelos negros.

Aunque era pequeño, me sentí intimidado con su presencia y tuve que mandar primero algunos exploradores con mensajes en sus pies y regalos de mimbre para ganar su atención: y funcionó... pasaron los días como minutos y lo que tomaría meses se redujo a unos instantes… al menos eso había pensado yo.

Sin embargo, el brillo de sus plantas bajo la perseverancia de los rayos del sol no fue más un espejismo sediento de compañía: justo lo necesario para frustrar mi posibilidad de tomar siquiera su más verde retoño.

A pesar de la indignación por lo sucedido, hoy veo todo transparente y, sin perder la curiosidad por el árbol, enfrento su ingratitud con la mía y atiendo el resto del bosque que extiende sus mejores virtudes agradecido, rozagante y hermoso para mí.

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