7/12/08

Estación de esperanzas atribuladas

Aunque veo sus rostros me resulta imposible recordar la última vez que los vi. Siquiera la primera. No los conozco, independiente de que quieran engañarme con su sonrisa nacarada. En realidad, ahora que lo pienso, eso es lo que más odio de estas tardes de reuniones familiares en las que todos me saludan como figuras de vitral coloridas y carentes de detalle.

No puedo esperar para que la lectora de los ojos canela pase de las primeras diez páginas y me permita avanzar esta parte de la historia de una buena vez por todas. Que desasosiego ver como comienza una y otra vez y luego abandona el libro para dejarlo de nuevo en el estante o en cualquier otro lugar sin marca alguna de página, párrafo o sección. Padezco, claro, entre tanto, atrapada en un loop literario que sucede a su complacencia, sin saber si seré capaz de recordar o identificar a las criaturas de barro que desfilan ante mis ojos.

Ella, por supuesto, también sabe que ha leído las diez páginas tantas veces como noches lleva en este lugar, pero, al igual que yo, es incapaz de recordar a los personajes que dibuja su imaginación en el camino de las letras y comienza de nuevo con la esperanza de re-conocerlos, de poder conversar con ellos y refrescar su memoria.

Por mi parte, quisiera tumbar la vela del cumpleaños, desatar el fuego y purificar la escena; dejar de vivir el incendio en mi memoria y hacerlo realidad literaria. No obstante –de ahí que sepa que soy un simple argumento– estoy atrapada en el libreto, en la misma escenita de muebles caoba saturados de globos satinados y papel de color.

Me queda la esperanza perpetua, infinita y certera de no ser la única maniatada por la repetición que trae el olvido, lo que me deja pensar que tampoco soy la única al borde de encender las llamas y desatar el infierno que padecemos entre las líneas de la algarabía ajena.

Feliz cumpleaños criatura, feliz cumpleaños a ti mientras a mí me llega la hora de nacer.


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9/11/08

Estación Zeitgeist

He aquí la segunda parte de un documental de revisión obligada en nuestra era...

Es la segunda parte de Zeitgeist (lo que ya parece ser más que contenido toda una comunidad). De una manera mucho más ordenada y menos conspiracionista que en la primera parte, muestra la realidad del sistema social y financiero y sus perspectivas hacia el futuro. Al principio es un poco lenta, pero mejora al cabo de unos minutos.

A continuación la primera de sus trece partes (todas con subtítulos en español en Youtube).



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5/9/08

Estación agencia

Sesenta y nueve movimientos verticales por minuto la sacudían a mi antojo. -Más despacio que estamos haciendo demasiado ruido-, afirmó. Le tapé la boca y ajuste su vientre al mío con un apretón firme y egoísta. Después de eso retozamos como bestias hambrientas e insaciables por cerca de seis minutos.

-Seis minutos, eso prometió demorar. Si gusta puede esperarla en el salón del fondo-, explicó la recepcionista de mirada distante que atendía a escasos metros de la puerta. No era la primera vez que la visitaba. Ya me la he encontrado un par de veces y desde siempre se me han inflamado las venas de glóbulos carmesí al verla.

-Aire, dame un poco de aire. No, espera, tampoco quiero que te detengas tan pronto; hasta ahora estamos tomando fuerzas y no acepto rezagos como respuesta. Dame tu mano, ajá, con ambos dedos, con el puño abierto… no… uy, eso, sí, eso es…

Pasé a la sala de espera. Dos sillones color rojo oliva, una mesa de vidrio en el centro, tres revistas Vanidades con fechas de vencimiento postergadas al mejor estilo de cualquier peluquería y seis minutos. Tomé uno de los magazines, vi la publicidad de una rubia engreída con silicona en pecho y avancé al baño. 

-Dímelo… dime que podría ser todas tus mujeres en un día, que podría ser tu pelirroja, tu morena, tu fantasía inalcanzable, tu anhelo carnal, machista y prostituto.

 Agarré entonces sus carnes generosas de 120 gramos de propalcote brillante de contraportada y le fui infiel a todas las mujeres y a ninguna en ese baño, en esos seis minutos tras los cuales pude concentrarme en la reunión con las ejecutivas de la agencia, mientras sonreía seguro de que ninguna podría ser tan real, tan urgente ni tan falsamente complaciente como aquella verdadera experiencia publicitaria que logré y que aguarda todavía, a tan sólo un aviso de distancia, sobre la estilizada mesa de cristal color turquí.


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